UTOPÍAS

Last updated:

Partimos desde un punto que no supone imposibilidad, aunque sí dificultad extrema. Utopía, por ejemplo, puede ser una consideración generalizada que posponga los valores materiales en favor de espíritu. Pretender variar dicha tendencia es posible desde la individualidad; es decir, estimando la libertad personal hasta llevarla al estado místico; pero no haciendo valoraciones sobre la voluntad general como factor determinante del cambio. Hecha la aclaración previa, podemos tantear posibilidades, casos concretos y otras cuestiones factibles.

En no pocas ocasiones mi terquedad propició, hoy mucho menos, choques frontales entre la mente y el sentimiento, haciendo viable una lucha interna de total irracionalidad. Pretender consolidar una revuelta obrera, pongamos por caso, en contra de la Banca, partiendo exclusivamente de la tenacidad laboral y en un contexto social como el nuestro, me obliga a sonreír a la vez que me causa repulsión y hastío. Ser consciente del atropello salarial, desprecio al esfuerzo obrero, despreocupación política ante la diferencia cualitativa -y en lo económico cuantitativa- del trabajo entre España y resto de países europeos, es motivo no solo de indignación, sino de resolución contundente en la calle, ante las puertas del Ministerio correspondiente, como asimismo de algo más categórico; y aquí me detengo, impotente, ante una realidad tangible transformada en utopía. Queda más por decir con el uso de la boca grande, a grito pelado, en defensa de la profesionalidad de alta cualificación: ingenieros, médicos, juristas; técnicos de alta especialización, artistas y literatos. Gente que emigra a los EE.UU. para ocupar puestos de responsabilidad en la NASA, o al Reino Unido, Alemania, Francia u otros países emergentes, después de habernos costado un dineral la formación recibida. Sencillamente, algo que con un par hubiese sido suficiente para que inclinaran la cerviz políticos de izquierdas, de derechas y nuevos extremistas, de cuyos epítetos y apelativos trato de huir por razones obvias. Aún queda más por pregonar. Veamos.

La valentía del español en cruzadas, guerras monárquicas, como asimismo en la conquista del Nuevo Mundo es, históricamente, un hecho incontestable; pero lo que se oculta, no solo por vergüenza y mala fe, es la evidencia de que tal valentía fue y sigue siendo forzada por obediencia al amo. Amo, ayer duque o marqués y hoy capitoste de la política ful. ¿Lo aceptamos, o buscamos artificios para invertir el sentido histórico de la España “imperial”? Habrá casos, los hay, en que el arrojo español, por propia dignidad ante invasiones intolerables o por otras circunstancias, despertó el llamado orgullo nacional. Sin embargo, ¿por qué no un varapalo a quienes se lo merezcan en vez de entablar disputas de corte seudopolítico, en constante división de las fuerzas populares? ¿Para ese fin no queda gallardía?

¿Debemos considerar motivo insuficiente para una respuesta categórica el hecho de que seamos la diversión de Europa, el martirio de miles de familias pisando los límites de la pobreza, y que la sanidad de nuestro pueblo tenga que recordar la labor franquista en pro de la salud nacional? Obediencia a los yanquis, entrega del Sahara al moro, indolencia borbónica en la defensa de Gibraltar y otros tantos despropósitos, ¿no justificarían borrar de una puñetera vez la imagen del español consentidor? Aún estamos a tiempo de convertir la utopía en realidad palpable; pero no. Seguiremos votando a los mismos de siempre e incluso vitorearemos sus falsos triunfos. ¿Qué podemos hacer? ¡Dios santo, si somos españoles!