SINDICALISMO Y PLEITESÍA

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Aunque me duela. Lo prefiero a la contemporización; porque escribir manteniendo a raya el tono severo, ni me agrada ni me convence. Descargada la conciencia de falsos esteticismos, deseo hacer gala de sinceridad. Tal vez sea por haberme comprometido en su día con prácticas colectivas de cuyo activismo ni me arrepiento, ni me complazco. Queda dicho como preámbulo de la siguiente, dolorosa confesión.

Mi pretérito juvenil está marcado por la espontaneidad más que por el raciocinio. Eran los tiempos de nuestra Transición y periodo evolutivo rebosante de esperanza. Nada entonces nos hacía presagiar el cambio de rumbo decidido por el sindicalismo actual o, mejor dicho, por las penosas circunstancias que lo rodean. Ansiando recuperar en buena parte el tiempo perdido durante la dictadura franquista, los obreros más concienciados nos preocupábamos de agrupar a compañeros de ambos sexos, ofreciéndoles charlas estimuladoras con la finalidad de aguijonear sus dormidas inquietudes. Eran alocuciones de tono mitinero de quienes nos sentíamos con deseos de liderar conductas afines a la lucha obrera. Actitudes como aquellas, en las que premiaba el sincero afán transformador, hoy quedan resumidas en un cúmulo de consternación.

Éramos luchadores natos, simiente de osadas épocas cuando, a contracorriente de comportamientos caciquiles, algunos temerarios campesinos utilizaban la hoz para segar mieses y yugular cuellos oligarcas. Cumplíamos con nuestro voluntario deber. Con ilusión. Sin esperar recompensa de ninguna clase. Incluso colaborábamos con dádivas económicas para tener una sede donde podernos reunir. ¡Con qué ilusión!, aun siendo conscientes de que en nuestro entorno había alguna alimaña dispuesta a liderarnos. De aquellos tiempos todavía quedan falsos sindicalistas dispuestos a cercenar lenguas insolentes. “Sindicalistas”, decía y digo, por no sustituir el plural por algún palabro de la germanía, siempre más representativo de la insidia que el cultismo grecolatino; mas dejemos el enfado para ahorrar espacio en beneficio del movimiento obrero.

Era tal el entusiasmo por la liberación de la clase trabajadora, que incluso dejábamos en reposo algunas de las importantes obligaciones familiares. No podíamos, por ejemplo, acompañar a nuestra consorte al médico cuando nos recaía la responsabilidad de liderar un convenio colectivo. Tampoco nos era factible disfrutar de las vacaciones estivales por tener comprometida nuestra participación en un mitin. O por sentirnos obligados a viajar a cualquier punto de la península para culminar la organización de una sección sindical importante. En síntesis, compromisos jamás remunerados, dándose algún caso especial en que, por falta de recursos económicos del sindicato en ciernes, este se declaraba deudor de un cargo jamás saldado.

Transcurrido el tiempo, de aquellas acciones solo persiste el recuerdo. Era la época de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo, quienes nunca claudicaron en lo fundamental de sus responsabilidades.

Huelgas y conflictos laborales; tensas situaciones ante los llamados “grises”, que en no pocas protestas callejeras cargaban contra los manifestantes, siendo entonces cuando más motivados estábamos. Incrementábamos nuestras reservas anímicas con los detritos del sistema político: la descomposición del entonces régimen en semi disgregación. Todavía los residuos del franquismo pugnaban por mantenerse activos, no sé si con la esperanza de salvaguardar el espíritu diabólico de cuarenta años represivos. Si embargo, ahora…

Nos queda la experiencia de una lucha obrera difícil de transferir a la acomodada masa, de manera especial cuando a los batalladores de entonces se nos ha transferido el calificativo “comunista”, del que me honro, aunque ya no lo sea. Ahora, en la soledad de mi escritorio me pregunto si mereció la pena tanto esfuerzo cuando, a vistas claras, vemos (con los ojos de ver) cómo se ha desmoronado el esfuerzo antañón de miles de obreros (en esta ocasión me niego a decir “trabajadores” por si acaso pudiese clavarle un puyazo a más de un “sindicalista” hideputa cabrón de los de ahora); de miles de obreros, decía, de los de mi época y de tiempos pretéritos. Aunque, lo intuyo con la convicción del luchador honesto, queda un poso, una marca, ¡un grabado! cuya interrelación con el alma obrera deja su huella.

¿Por qué sucede que en estos momentos los sindicatos están en declive? Sería injusto culpar a los sindicalistas honrados de la debacle corporativa obrera. Es el sistema político, la apatía del laborante, funcionario o trabajador de mediana cualificación profesional, más la sinvergonzonería de ciertos dirigentes obreros, unido a la protección estatal de los sindicatos (porque les conviene a los estadistas y fuerzas fácticas) lo que determina el deterioro actual que observamos, cuya actividad se centra en la celebración del 1 de Mayo y poco más; y me pregunto: ¿con qué dinero se financian los sindicatos? ¡Con las cuotas de los currantes?¿El costo anual de los salarios, conservación, etc., tan solo con la aportación de unos pocos miles de cuotas?

Aquí concluye esta triste historia. Una más de las miles que aún nos quedan por referir, sepultadas en el olvido. Se podría abundar sobre el tema en cuestión, pero solo serviría para encendernos la sangre quienes todavía pensamos y, por mi parte, emprenderla con piropos dirigidos a unos y a otras. ¡Que Dios nos pille confesados!