Así es, por lamentable que parezca. Puesto de rodillas. “Hacer el amor” es una frase desgastada por el uso. Como si amar tuviese algo que ver con la elaboración de un pastel o con el fornicio en una casa de lenocinio. El infinitivo ‘hacer´ no me parece adecuado en el caso que nos ocupa; porque el amor no se hace, sino que nace y sirve de síntesis a un proceso anímico sublime; y cuando no, mejor será emplear cualquier modismo, aunque se trate de una expresión desacorde con las reglas gramaticales. Al menos quedaría suavizada la dicción y respetado el significado de tan excelsa palabra.
Amor a Dios, amor de madre, amor de pareja son expresiones que encierran un valor significativo, pero también en estos casos los excesos quiebran la cohesión entre sentimiento y libertad. ¿O no es verdad que muchas madres, por egoísmo, limitan el grado de autonomía del ser amado en función de la edad y sexo? ¿Es menos cierto que el fanatismo religioso desvirtúa el sentimiento de exaltación? En cuanto al amor matrimonial o de pareja, ¿no deja en muchos casos un poso de amargura por causa de los celos?
Amar no es fácil cuando existe ánimo posesivo. Si media el yo en el acto de entrega, un hombre o una mujer pueden convertir en odio tan intenso sentimiento. Tuyo y mío son pronombres posesivos prohibidos en la sincera adhesión entre los seres pensantes. En el amor no hay dueños; y si por alguna circunstancia la unidad se rompe, quien de verdad ama lo seguirá haciendo, aunque con amargura.
De igual manera, hay facetas en que la gratitud por una acción filantrópica queda colapsada. Es el hecho de sentirse herido o herida cuando se recibe ayuda y esta se interpreta en sentido equivocado al considerarla una humillación. ¿Acaso la caridad no es un don, un bien natural, lo mismo que la piedad? ¿Por qué, pues, ha de doler la gratitud? ¿Pesa más la soberbia que el amor? Piedad es lo que falta en este mundo.
Existe una multitud de hechos degradantes en torno al apego y la ternura. Desde la generosidad aparente hasta el lucimiento dadivoso, no faltan secuencias que avalen al falso amor. También, en sentido inverso, la generosidad anónima engrandece el alma bienhechora; porque dar genera dicha y siembra en el amor la semilla de la auténtica felicidad.
En cuanto a las facetas del amor se refiere, qué triste es tener que atribuir al sacerdocio religioso en general hechos delictivos. De manera notoria la siega de vidas inocentes en el nombre de Alá; aguas abajo, también en el cristianismo, los abusos sexuales a menores. Es innegable en todas las instituciones humanas, sin excepciones, que ha habido y existen excesos malévolos e incluso perversidades innominables. Evidencias imputables al ser humano debido a la imprescindible dualidad existencial. Bien y mal, enfermedad y salud, hambre y saciedad son factores que determinan conductas. La evolución exige sacrificios; el amor demanda a voz en grito el necesario perdón. Sin embargo…
La humanidad está autodestruyéndose a causa no solo del egoísmo, sino más bien como consecuencia de la avaricia, falta de empatía y alta crueldad. ¿Hasta cuándo semejante tortura?
El amor, puesto de rodillas, nos implora la misma cordura en favor del bien, que el desacato a la razón en perjuicio de la vida.
